Caballo Viejo Cuento de Pierre Loti


Caballo Viejo - Pierre Loti

En España, bajo el esplendido sol de julio. En las candentes arenas en las que doce mil espectadores, cautivados, anhelantes, siguen las peripecias de una corrida de muerte.

Frente a mí, en un deslumbramiento, toda la abrasada zona sobre la que cae el sol. De arriba abajo del inmenso anfiteatro, por miles, cabezas que parecen prensadas las unas con las otras. Anchos sombreros, boinas, mantillas, papel rojo. Y, sobre lodo este bajo pueblo, vestido de colores vistosos, la pótente luz de los veranos españoles.

Por el lado de la sombra, en que yo estoy, una multitud más escogida; pero también compacta; también ardiente, apasionada por el viejo espectáculo nacional. Fuego, detrás y por encima de mí palcos ocupados por las señoras elegantes exposición de atavíos lujosos y claros; filas de rostros mates de grandes ojos negros, exquisitos en su mayor parte, bajo la antigua mantilla y el alto moño adornado con flores naturales.

En el aire una loca algarabía de ruidos y de gritos. Músicas, unas de metal y otras de dulzainas y de tamboriles, que tocan, alternativamente... De vez en vez, un silencio angustioso, estremecimientos que corren como una fiebre; luego, de pronto, silbidos de mofa, o el clamor formidable de las multitudes, rodando como un trueno.

A un prolongado y desgarrador toque de trompeta, hace su presentación en la arena el tercer toro. Altos cabeza y cuernos, galopa soberbio, rápido, semejante a una enorme gacela furiosa—y un murmullo de aprobación de la muchedumbre, acoge su belleza de animal de combate. Bajo el peso de groseros jinetes pintarrajeados de bordados, delgados caballos, hambrientos, que pronto agonizarán con el vientre abierto, realizan alegremente por el estadio su postrer paseo. He aquí, ahora, los toreros, chispeantes de oro, tan pronto en el sol como en la sombra, soberbios, también. Con movimientos fáciles y llenos de gracia, despliegan sus capas rojas ante la espantosa cabeza cornuda, evitando la muerte con saltitos de costado, o, más despectivamente, con simples esguinces de cintura. Y el toro se asombra o se divierte, al no hallar ante sí más que la inconsistencia de los capotes, el vacío siempre, nada... A su principio encantador, este juego de espanto, parece no ser más que algo puramente gracioso y frívolo. Diríase, en verdad, que sólo se trata de un inocente torneo de velocidad y de elegancia entre la bestia y los hombres, si las marcas de sangre que perduran acá y allá, de las lidias precedentes, mal enjugadas por el aserrín que sobre ellas se arroja, no indicasen aún lugares de agonía, los sitios en que momentos antes se desparramaban vísceras y pechos vaciados...

Es un pobre caballo viejo en el punto extremo de la fatiga y, sin duda, matado a palos; un pobre y lastimoso caballo viejo, tuerto, el primero que ha sufrido el choque con la bestia soberana, el que rueda y cae de grupas en el polvo.

Mientras su jinete de botas forradas de hierro, vuelve a ponerse en pie torpemente, levántase él también ; pero su petral está señalado con un desgarrón profundo que, sangrientamente, se abre al sol.
Sus delgados flancos tiemblan de dolor y de miedo. ¿Dónde hallar la salvación? ¿Por qué lado huir?... Un minuto de indecisión, y se lanza, confiado, con su dulce mirada hacia un hombre que está allí y que le alarga el brazo para tomarlo por la brida; uno de esos mozos inmundos, acostumbrados a los bajos menesteres del circo; uno de los que, en los entreactos taponan con estopa los agujeros abiertos por el cuerno en el vientre de los caballos, o vuelven a introducir en él, las entrañas, cosiéndolo con bramante, a fin de que puedan reaparecer y correr aún.

Ciertamente, el pobre caballo se sentía seguro del todo, al verse de nuevo en manos humanas, y su pobre ojo parecía decir : «Verdad es que me habéis golpeado con frecuencia, tú y otros hombres, pero no me habéis desgarrado ni desventrado jamás. Bien veo que no queréis matarme, ¿no es esto? Yo soy un humilde animal que ha podido tener cabezonerías y perezas ; pero que ha trabajado mucho para vosotros, con sus recias patas, hoy demasiado fatigadas ya...».

Y va calmándose, más y más, a medida que el hombre le arregla la silla, le aprieta la cincha, haciendo ademán de acariciarlo, con un aire un tanto chocarrero, no obstante. Luego, cuando terminó el arreglo, y el jinete volvió a ocupar su puesto, el picaro, con una siniestra sonrisa dirigida al público inmediato, corrió una venda sobre el ojo del caballo, para más seguramente hacerlo correr a la muerte, diciéndole algo como esto : «Espera, amigo, espera... Ya verás lo que va a sucederte. No tengas cuidado...» ¡Oh, qué alegría, si no hubiese guardia civil, la de aplastar de un garrotazo, la sonrisa y aun la cabeza toda, del innoble gracioso!...

¡Y las lindas señoras, arriba, a mi espalda, inclinadas sobre los antepechos de sus palcos! Mantillas blancas, mantillas negras, altas peinetas a lo Carmen y ramos de flores amarillas en las espesas cabelleras obscuras... ¡Qué lástima que no se presenten ya más que aquí, en las sangrientas arenas, estos vestigios del tiempo viejo, compuestos maravillosamente para las finas, blancas y un tanto gruesas caras, de una blancura mate y cálida ; para los rasgados ojos de velludo, negrísimos, con frecuencia cansados, y medio ocultos por los alcoholados párpados ! ¡Qué lástima que las españolas no quieran comprender que este tocado presta a su rostro distinción y misterio!... Una, sobre todo, una joven, en la plenitud de su belleza de veinticinco años, vestida de azul pálido, con rosas de te en la mantilla y en el talle apoyaba en la barandilla sus nobles caderas indolentes, inclinándose de lado, hacia la arena, en una postura que la dibujaba deliciosamente bajo su vaporoso vestido, y parecía una personificación ideal de la señora morena de mejillas pálidas...

Un instante después, el pobre caballo, con su venda sobre el ojo, confiado siempre, a pesar del temblor nervioso que no lo abandonaba, era conducido a mano por el mozo engañador y vergonzosamente ofrecido al toro, que le hundió el cuerno en el pecho, hasta la cepa.

Casi a mis pies, contra la barrera en que me acodaba, rodó por la arena, partidos los pulmones, derramando a caños la sangre, que brotaba por sacudidas, como el agua que sale de una bomba. Y el gracioso, siempre el mismo gracioso, se apresuró, con apresuramiento de bruto, a arrancarle para ponérselos a otro animal mártir, su freno y su brida, rasgando su boca moribunda. Después, como la multitud gritaba, no obstante, que lo rematase, el gracioso volvió a él y comenzó a barrenar en los sesos, con un viejo cuchillo que se oía crujir en los huesos del cráneo. Ni gemidos ni lamentos. Los caballos agonizan en silencio. Una convulsa sacudida de las patas, fué todo. La cabeza dolorosa cayó en tierra ; repentinamente comenzó para él la paz suprema ; la eterna inmovilidad. Hasta parecía que la muerte había dejado descender, de pronto, sobre aquel despojo lastimoso un poco de su serena grandeza.

¡Ah! ¡Al menos, se había acabado, aquello!

Libre del todo, se había convertido en una cosa a la que nadie podría ya hacer sufrir.

Y yo, que no había acabado aún, y a quien sin duda ningún lacayo vendría a colocar una venda sobre el ojo en el minuto del grande horror, yo, atraje mi piedad sobre mí mismo, y me sentí más miserable, en aquel instante, que el caballo muerto.

Luego, recordando que lo único que no engaña es la belleza física, hechizo y encanto de los ojos, volví la espalda a la arena, para levantar la vista hacia la hermosa señora de azul claro, tocada con una mantilla blanca y con un puñado de rosas de te...


Francia 1850-1923






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