Encantadores de serpientes cuento Pierre Loti



En Tetuán, la ciudad blanca, en primavera, en un crepúsculo de mayo, en la paz de los inmóviles atardeceres rosa. Sobre las terrazas, sobre las viejas cúpulas, sobre todo el conjunto de viejas casitas centenarias, se extendía la blancura infinita de la cal; por todas partes el misterio de este mismo sudario blanco. Lentos viadantes vestidos con matices exquisitos, pasaban mirando en su sueño, y sus grandes ojos negros, magníficos, parecían no ver las cosas de la tierra. El sol poniente lanzaba sus tintas de oro y rosa y, en los repliegues de las viejas mansiones, casi sin forma y sin edad, la cal, poco a poco, azuleaba como las nieves a la sombra. Había transeúntes amarillo de oro, verde pálido y color salmón; transeúntes azules y rosa. Otros, que habían escogido tintas más raras, indecibles; y todos majestuosos y graves, con el rostro bronceado y los ojos intensamente negros. Acá y allá, brazadas de tiernas plantas de primavera, de ababoles, de resedas, de aromos, abríanse y brillaban nacidos, al azar, sobre los viejos muros. 

Pero el blanco muerto de la cal lo dominaba todo. Parecía iluminar y devolver la luz amortiguada hacia el profundo cielo dorado que estaba ya henchido de ella. Por ninguna parte existían sombras duras, ni contornos acusados, ni colores obscuros. Sobre la candidez de todo, los seres vivientes que se movían con lentitud, no proyectaban más que sombras claras, extrañamente claras, frescas, como en visiones ultraterrestres. Todo estaba suavizado y fundido en la tranquila luz; no existía lo negro, más que en los grandes ojos soñadores…

Un poco lejos se oía preludiar la flauta triste, triste, y el sordo tamboril de los encantadores de serpientes. Entonces, los lentos paseantes, que al principio caminaban sin ruido por el blanco dédalo, se dirigieron poco a poco hacia el mismo sitio, respondiendo a la llamada de aquella música.

En una gran plazoleta en lo alto de la ciudad, estaban los encantadores. Veíase allá, en profundidades que azuleaban, sucesiones de líneas blancas casi sin contornos, que eran terrazas; algo como un derrumbamiento de bloques de nieve, que era Tetuán, medio perdido en la bruma de las tardes de mayo.

Los hombres, con largas vestimentas hacían círculos en torno a los encantadores; éstos, desnudos, leonados, cantaban y bailaban agitando su rizada cabellera; bailaban como sus serpientes, retorciendo su grácil busto, al compás de la música de sus flautas. Y todo era hermoso; desde el cielo hasta el más humilde camellero de brazos de bronce, que miraba sin ver; soñando…

Y yo, que estaba allí, en medio de ellos. Sin noción del tiempo, ya, como ellos encantado y, por casualidad, descansando un poco, entre aquellos inmóviles, ignorantes de las horas que pasan.

Y aquellos tamboriles, aquellas flautas—y toda aquella Africa—ejercían sobre mí su hechizo arrullador, tan mágicamente como antaño, en mis lejanos años jóvenes…

Verdaderamente, es siempre este país el que me canta, con el más dulce ritmo, la universal canción de la muerte.

Francia 1850-1923
Publicado en Une exilée en 1893. Vivencias de su viaje a Marruecos en 1889. 
Traducción al  castellano de Vicente Díez de Tejada






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