La Despedida Pierre Loti cuento


La Despedida de Pierre Loti

Un día le llamaron a la oficina de su compañía para anunciarle que había sido destinado a China; ¡a la escuadra de Formosa!...

Ya hacía tiempo que lo sospechaba, porque había oído decir a los que leían los periódicos que por aquellos lugares la guerra no acababa nunca. Debido a la urgencia de la salida, al mismo tiempo le dijeron que no podían concederle el permiso que suele darse al que entra en campaña para las despedidas. En cinco días debía tener preparado su petate para marcharse.


Se sintió profundamente turbado: por un lado, sentía el hechizo de los grandes viajes, de lo desconocido, de la guerra; pero también le atenazaba la angustia de dejarlo todo, con la vaga inquietud de no regresar nunca más.

Mil cosas se arremolinaban en su cabeza. En todos los pabellones del cuartel había un gran tumulto a su alrededor; muchos otros marinos acababan de ser destinados también a la escuadra de China.

Escribió rápidamente a su pobre abuela, con lápiz, sentado en el suelo, aislado en su agitado ensueño, entre el ir y venir y el clamor de todos aquellos muchachos que, como él, iban a partir hacia la guerra.

***

—¡Es un poco vieja su prometida! —decían los otros, dos días después, riéndose a sus espaldas—; pero da igual, de todas formas parecen entenderse muy bien.

Les divertía verle, por primera vez, paseando por las calles de la Recouvrance del brazo de una mujer, como todos los demás, inclinándose hacia ella con ternura, diciéndole cosas que parecían ser muy dulces.

Una mujer bajita, con un aspecto vivaz vista de espaldas, con unas faldas demasiado cortas para la moda del momento; un pequeño pañuelo oscuro y una gran cofia de paimpolesa.

También ella, colgada de su brazo, se inclinaba hacia él mirándole con ternura.

—¡Es algo vieja su prometida!

Decían aquello sin malicia, porque era evidente que era una vieja abuela llegada del campo.

Había llegado apresuradamente, muy angustiada ante la noticia de la partida de su nieto, porque aquella guerra de China ya le había costado muchos marinos al pueblo de Paimpol.

Reunió sus magros ahorros, metió en una caja de cartón su hermoso vestido de los domingos y una cofia de repuesto y partió para abrazarle una vez más.

Se dirigió directamente al cuartel; en un principio, el brigada de la compañía de Sylvestre se había negado a dejarle salir.

—Si quiere hacer una reclamación, mi buena señora, diríjase al capitán. Mire, ahora pasa por allí.

Y, sin dudarlo, se dirigió a él. Y el capitán se conmovió.

—Dígale a Moan que se cambie—ordenó.

Y Moan subió los escalones de cuatro en cuatro para ponerse el uniforme de paseo mientras que la abuela, para divertirle, como siempre, hacía por detrás del brigada una graciosa mueca acompañada de una reverencia.

Cuando el nieto reapareció vestido con su uniforme de salida, se quedó maravillada al encontrarle tan apuesto: su negra barba, bien arreglaba por un barbero, en punta, como estaba de moda aquel año entre los marinos; los cordones de su camisa abierta trenzados minuciosamente, y su gorra con unas largas cintas que flotaban en el aire y terminaban en unas anclas doradas.

Por un instante, le pareció estar viendo a su hijo Pierre que, veinte años antes, también había sido gaviero de la flota; y el recuerdo de aquel lejano enterrado ya en su interior, el recuerdo de todos los muertos, ensombreció furtivamente aquel momento.

Pero aquella tristeza se borró inmediatamente, cuando, cogida del brazo de Sylvestre, salieron juntos a la calle, sintiéndose felices de volver a estar juntos. Y fue entonces cuando los demás muchachos, tomándola por su prometida, habían comentado en tono jocoso que «era un poco vieja».

La abuela le llevó a comer a una hostería regentada por unos de su pueblo, que le habían recomendado porque no era demasiado cara. Luego, siempre cogidos del brazo, pasearon por Brest, deteniéndose a mirar los escaparates de las tiendas. Todo eran comentarios divertidos para hacer reír a su nieto, en el bretón de Paimpol que los transeúntes no podían comprender.

***

La abuela se quedó tres días con él; tres días de fiesta, que era como decir tres días de indulto, porque pesaba sobre ellos un después harto sombrío.

Finalmente, no tuvo otro remedio que regresar a Ploubazlanec. En primer lugar, porque ya había agotado sus escasos ahorros. Y, además, porque Sylvestre embarcaba al cabo de dos días, y a los marinos se les mantiene inexorablemente acuartelados la vigilia de los grandes embarques (una costumbre que, a primera vista, puede parecer un poco bárbara, pero que es una precaución necesaria contra las «bordadas» que los muchachos tienen tendencia a correr en el momento de marcharse para una campaña).

¡Ah, aquel último día!... Por más que la abuela intentó que acudieran a su mente comentarios divertidos para distraer a su nieto, no se le ocurría nada; sólo las lágrimas que pugnaban por salir, los sollozos que a cada instante le subían a la garganta. Colgada de su brazo, le daba mil consejos que a Sylvestre le daban ganas de llorar. Acabaron por entrar en una iglesia para rezar juntos.

La anciana se fue en el tren de la noche. Para economizar, fueron a pie a la estación; Sylvestre llevaba la caja de cartón y la sostenía a ella con su fuerte brazo, en el que la abuela se apoyaba con todo su peso. La pobre anciana estaba muy cansada; después del ajetreo de los tres o cuatro últimos días ya no podía más. Con la espalda encorvada bajo su chal oscuro, no le quedaban fuerzas para caminar erguida; ya no tenía aquel aire juvenil en su porte y sentía el aplastante peso de sus sesenta y seis años. Ante la idea de que todo había terminado, de que dentro de unos minutos tendría que separarse de él, su corazón se desgarraba dolorosamente, ¡Se iba a China, allá lejos, a aquel matadero! Todavía le tenía a su lado, cogido con ambas manos... pero iba a marcharse. Ni toda su voluntad, ni todas sus lágrimas, ni toda su desesperación de abuela podían hacer nada para retenerle...

Confusa con su billete, con el cesto de las provisiones, con sus mitones; agitada, temblorosa, le daba a Sylvestre los últimos consejos, a los que él respondía en voz baja con breves sumisos «sí», con la cabeza inclinada tiernamente hacia ella y mirándola con sus ojos bondadosos y tiernos y con su aire infantil.

— ¡Vamos, abuela, suba ya al tren!

La máquina pitó. Con el temor de perder el tren, la abuela le quitó de las manos la caja de cartón y luego la dejó caer al suelo para colgarse de su cuello en un abrazo supremo.

Todo el mundo les miraba en la estación, pero a nadie se le escapaba ya ninguna sonrisa. Empujada por los empleados, cansada, perdida, subió apresurada al primer compartimento que encontró, cuya puerta se cerró bruscamente detrás de ella. Sylvestre, entonces, con su paso ligero de marino, describió una curva de pájaro que emprende el vuelo, para dar un rodeo y llegar a tiempo hasta la barrera exterior para verla pasar.

Un largo toque de silbato, el ruidoso movimiento de las ruedas... La abuela pasó por delante de él. Sylvestre, apoyado en la barrera, agitaba con gracia juvenil su gorra con cintas flotantes y ella, asomada a la ventanilla de su vagón de tercera, le hacía señales con su pañuelo para que la reconociera. Siguió haciéndolo todo el tiempo que pudo, mientras podía distinguir aún aquella forma azul oscuro en que se había convertido su nieto, siguiéndole con la mirada, diciéndole con toda su alma aquel «hasta pronto», siempre incierto, con que se despide a los marinos cuando se van.

Mira bien a tu pequeño Sylvestre, pobre vieja; hasta el último minuto, no alejes la mirada de su silueta fugaz que se borra, allá lejos, para siempre...

Cuando ya no pudo verle, se dejó caer en el asiento, sin preocuparse de que se arrugara su hermosa cofia, deshecha en sollozos, con una angustia de muerte...

Sylvestre volvió lentamente sobre sus pasos, mientras unos lagrimones resbalaban por sus mejillas. Había llegado la noche de otoño, las farolas de gas ya estaban encendidas. Empezaba la fiesta de los marinos. Sin darse cuenta de nada, atravesó Brest y el puente de la Recouvrance y se dirigió al cuartel.

—Ven aquí, guapo—empezaban a decirle de nuevo las voces enronquecidas de las damas que habían iniciado sus merodeos por las aceras.

Fue a acostarse en su coy y lloró solo hasta bien entrada la madrugada, sin apenas dormir.

Francia 1850-1923
(Pescador de Islandia)

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